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Relatos

La vagabunda

Este artículo fue escrito en italiano y traducido al español. Leer el original

Estaba allí, sin preguntarse cuándo había nacido ni quiénes eran sus padres.
Estaba allí deambulando, sin demasiados pensamientos.
Sin tener que pensar en alquileres, hipotecas, impuestos ni en el tráfico de la mañana...

Ella, simplemente, era.
Recorría el mundo silbando, deteniéndose de vez en cuando para comer.
Así era su vida.

Pasaba los días explorando el mundo, moviéndose como podía.
A veces se colaba a escondidas en algún coche, sin saber su
destino: no tenía realmente importancia, lo único importante era
seguir dando vueltas, explorar mundos nuevos.

Pero aquel día en particular, en que nos encontramos, había ocurrido un
fenómeno inexplicable, como ya había ocurrido otras veces: un extraño
obstáculo invisible le cerraba el paso.

Era una sensación aterradora.

Ir por ahí así y luego sentirse bloqueada ... por quién o por qué, no lo entendía.
Y sucedía siempre justo en el mejor momento, cuando quizá tenía delante
un panorama hermoso, colorido, profundo...
un camino nuevo por explorar, largo y luminoso.

Un lugar donde proseguir su viaje continuo,
una nueva meta que alcanzar,
donde empezar nuevos días de deambular vagabundeando
y birlando comida donde fuera posible....
intentando no ser descubierta...
si no fuera por esa manía de silbar que tenía,
todo habría sido más sencillo: muchas veces había estado a punto de ser descubierta.
Pero no conocía otra forma de seguir viviendo.

Se esforzó por intentar ver la situación desde otra óptica:
trató de moverse ligeramente, de volver a intentarlo desde otro punto,
pero aquella misteriosa fuerza seguía oponiendo resistencia.
Se detuvo un instante a reflexionar, y fue entonces cuando la vi, a lo lejos:
yo también estaba "de este lado" de aquella pared invisible,
como ella, del mismo lado del mundo.

Y ella, inmóvil, seguía pensando.

Y pasamos un rato así: ella pensando en aquella misteriosa fuerza,
y yo observándola.

En un momento dado se convenció de que no había nada que hacer: había que renunciar,
porque no siempre es posible seguir más allá de cierto camino: a veces es el azar, o el destino,
quien decide por nosotros, poniéndonos barreras insuperables e invisibles, que no nos dejan otra opción
que la de renunciar.

Para ella, aquel camino, aquella hermosa profundidad luminosa y desconocida, quedaría por tanto allí,
para siempre. Inexplorada e inalcanzable.

Y así, se dobló despacito sobre sus finas patas,
empezó a batir las alas y con un pequeño impulso se elevó.
Todo en un puñado de milisegundos.

Ahora se alejaba, la mosquita, colándose distraídamente por una pequeña rendija
que había quedado abierta en aquella ventana, con la amarga sensación de haber dejado atrás
aquel fantástico mundo, sin darse cuenta de que, en realidad, acababa de entrar en él.

Me quedé allí dentro pensando, viéndola marchar,
encontrándome mirando a otro yo,
que, reflejándose, me miraba,
observándome y comprendiendo
lo que quizá pensaré que nunca he comprendido,
mientras distraídamente ya he tropezado,
al otro lado del cristal.

12/06/2004, Luis Dragotto.

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